15.- Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero. Álvaro Mutis.

23.08.2013 12:39

 

   Hacía tiempo que deseaba recomendar la lectura de las andanzas de este marino aventurero y la mejor ocasión para hacerlo es el 90 aniversario de su creador, Álvaro Mutis, el próximo 25 de agosto.

 

    Esta obra es una antología que reúne las siete novelas del escritor colombiano afincado en México, cuyo protagonista es Maqroll el Gaviero.

 

    Este errante y marginal personaje ―siempre curioso, salobre y crepuscular― es muy similar a otro personaje de ficción: Corto Maltés, el anti-héroe de Hugo Pratt. A diferencia de éste, aunque ambos pertenezcan claramente a la raza de hombres de mar universales, no sabemos cuándo y dónde nació.

 

    La antología contiene 7 novelas, a saber:

La nieve del Almirante. 1986. ―En la selva y en la cordillera.

Ilona llega con la lluvia. 1988. ―En Panamá.

Un bel morir. 1989. ―Una novela fluvial.

La última escala del “Tramp Steamer”. 1989. ―Una historia de amor.

Amirbar. 1990. ―La fiebre del oro en la sierra colombiana.

Abdul Bashur, soñador de navíos. 1991. ―La búsqueda del barco ideal.

Tríptico de mar y tierra. 1993. ―Últimas experiencias del gaviero.

 

    He aquí algunos fragmentos significativos de la obra:

 

“Cuando le mentimos a una mujer volvemos a ser el niño desvalido que no tiene asidero en su desamparo. La mujer, como las plantas, como las tempestades de la selva, como el fragor de las aguas, se nutre de los más oscuros designios celestes. Es mejor saberlo desde temprano. De lo contrario, nos esperan sorpresas desoladoras.”

 

“Sigue a los navíos. Sigue las rutas que surcan las gastadas y tristes embarcaciones. No te detengas. Evita hasta el más humilde fondeadero. Remonta los ríos. Desciende por los ríos. Confúndete en las lluvias que inundan las sabanas. Niega toda orilla.”

 

“Entró de repente en el campo de mi vista, con lentitud de saurio malherido. No podía dar crédito a mis ojos. Con la esplendente maravilla de San Petersburgo al fondo, el pobre carguero iba invadiendo el ámbito con sus costados llenos de pringosas huellas de óxido y basura que llegaban hasta la línea de flotación. El puente de mando y, en la cubierta, la hilera de camarotes destinados a los tripulantes y a ocasionales pasajeros, habían sido pintados de blanco en una época muy lejana. Ahora, una capa de mugre, de aceite y de orín les daba un color indefinido, el color de la miseria, de la irreparable decadencia, de un uso desesperado e incesante. Se deslizaba, irreal, con el jadeo agónico de sus máquinas y el desacompasado ritmo de sus bielas que, de un momento a otro, amenazaban con callar para siempre. Ocupaba ya el primer plano en el irreal y sereno espectáculo que me tenía absorto y mi maravillada sorpresa se convirtió en algo muy difícil de precisar. Había, en este vagabundo despojo del mar, una especie de testimonio de nuestro destino sobre la Tierra.”

 

“Seguimos el camino real, cuyo piso de lajas sabiamente dispuestas y huellas seculares de herraduras le daban un aspecto numantino y venerable. La piedra ampliaba con sonoridad igualmente augusta los pasos de nuestras cabalgaduras. El paisaje era de una belleza inconcebible. A lado y lado de la cuchilla se extendían pequeñas llanuras que terminaban en bosques al parecer impenetrables o en precipicios por los que subía el clamoreo de aguas despeñándose por el declive de un lecho rocoso vigilado por el solemne vuelo de los gavilanes.”

 

“La espera se hizo interminable. El sol, sin una nube en el cielo, había creado, a causa de la humedad ambiente, una atmósfera opalina que flotaba sobre las aguas tranquilas. Era un ambiente de leyenda celta pero en plena zona ecuatorial. Reinaba un silencio irreal y oprimente. Cada ruido en el buque repercutía en el ámbito con una sonoridad que se antojaba irreverente. El Thorn parecía suspendido en el aire y su silueta se copiaba en la serenidad del estuario, duplicando la gracia de su diseño, evocador de esos carteles de los años veinte que anunciaban los paquebotes de las grandes líneas de navegación, anclados en exóticos puertos del Asia o de las Antillas.”

 

“Los gatos de Estambul —explicó el Gaviero— son de una sabiduría absoluta. Controlan por completo la vida de la ciudad, pero lo hacen de manera tan prudente y sigilosa que los habitantes no se han percatado aún del fenómeno. 

    Esto debe venir desde Constantinopla y el Imperio de Oriente. Voy a decirle por qué: yo he estudiado meticulosamente los itinerarios que siguen los gatos, partiendo del puerto, y siempre recorren, sin jamás cambiar de rumbo, los que fueron los límites del palacio imperial. Éstos no existen ya en forma evidente, porque los turcos han construido casas y abierto calles en lo que antes era el espacio sagrado de los ungidos por la Theotokos. Los gatos, sin embargo, conocen esos límites por instinto y cada noche los recorren entrando y saliendo de las construcciones levantadas por los infieles. Luego suben hasta el final del Cuerno de Oro y descansan un rato en las ruinas del palacio de las Blaquernas. Al amanecer regresan al puerto para tomar cuenta de los barcos que han llegado y verificar la partida de los que dejan los muelles.”

 

“Había entendido todo como sólo una mujer puede entenderlo, por instinto y con la alta sabiduría del corazón femenino. Durante los días que pasó en Pollensa pude confirmar y enriquecer mi primera impresión sobre ella. Pertenecía a esa raza en extinción de los seres que toman sobre sí, con entera independencia y estoica sencillez, los deberes y penas que les trae la vida, sin quejarse y sin tratar de que pesen sobre los demás.”

 

        Una obra imprescindible para los amantes de la mar, la aventura y la buena literatura.

 

Fuentes:

Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero.

http://es.wikipedia.org

http://www.letraslibres.com/

http://www.trazegnies.arrakis.es 

http://www.biografiasyvidas.com