Apuntes de una travesía en solitario -15-

19.02.2015 19:05

 

XV

 

 

EL HIERRO

 

 

Después de achicar, desayuno asomado al tambucho. Muy cerca se halla fondeado un bonito balandro norteamericano, su tripulación está en cubierta y nos saludamos.

La costa es muy escarpada y con poca vegetación. Unas pocas casas cerca del puerto, un buque atracado y algunas barcas de pesca amarradas a muertos cerca de tierra. 

Foto: http://www.trasmeships.es/

 

Doy gracias a la Diosa Fortuna por haberme permitido cruzar el Atlántico sin graves percances y llegar hasta aquí sano y salvo.

Al rato, una —presumiblemente— autoridad en uniforme blanco nos grita desde el muelle que vayamos a despachar. Me apunto con el anexo del vecino para desembarcar. Ya en tierra hago mi entrada oficial a España en la Ayudantía de Marina. Allí me sugieren varar el barco en la rampa que hay al lado del muelle. La inspecciono y aunque muy empinada, supongo que puede servir. El inconveniente es que hay una fuerte resaca —reboso lo llaman aquí— que no me gusta nada, en todo caso lo que haré es acercarme al foso de entrada y esperar acontecimientos. El amable vecino de fondeadero se ofrece a remolcarme con su dinghy, pero prefiero que se abarloe por estribor. Así lo hacemos, viro el ancla y a la máxima potencia de su pequeño motor —3 CV— nos movemos y puedo gobernar. Llegamos al foso con demasiada arrancada y el “remolcador” se lleva unos arañazos por culpa de mi negligencia, pues no hice un nudo de zafado rápido en el largo de proa, llevándome excesivo tiempo deshacerlo. Y es que todavía estoy demasiado cansado y poco despabilado.

La marea está alta, Finisterre queda atracado estribor al muelle + un largo de proa por babor al otro lado de la rampa. La marejada de fondo sigue siendo considerable.

Está entrando menos agua, ahora puedo estar sin achicar más de una hora sin que desborde por encima del piso. Creo que no vararé en esta rampa por ahora. Con esta resaca o corredera, como también le llaman por aquí, antes de que el barco quede completamente en seco, se descojonará.

Achico y salto a tierra. Me acerco hasta un bar que hay en la carretera que va a Valverde —la capital de la isla—, allí me tomo una cerveza helada y un bocata de chorizo canario delicioso. Afortunadamente guardaba un billete de cinco mil pesetas.

Desde la terraza del bar veo a mi valiente Finisterre en el muelle. Aunque se le notan las huellas de la travesía, sigue siendo una belleza. Gracias por traerme sano y salvo hasta aquí querido compañero. Por favor, perdóname las prisas y el mal trato final que te infligí.

 

Llamo por teléfono a mi madre para que sepa que sigo vivo. Aunque ya está acostumbrada a mis largas ausencias, se alegra un montón de volver a oír mi voz después de tantos meses. No le había dicho que este cruce lo efectuaba en solitario; se lo digo ahora y me llama loco de remate... ¿Será cierto?

 

Por la tarde intento arrancar el motor. Si funcionara podría achicar directamente con la bomba de refrigeración del mismo, haciéndome la vida más cómoda. Limpio y purgo todo el circuito de combustible, pero sigue negándose a arrancar. Se acercan a conversar dos hermanos pescadores que dicen ser mellizos, aunque en nada se parezcan. Se ofrecen a llevar el inyector a un taller de Valverde para comprobarlo. Dicho y hecho, desmonto el inyector y se lo llevan. Más tarde vuelven del taller asegurando que está OK. Embarcan y con la mejor voluntad intentan arrancar el motor aunque sin éxito. Desmontan la bomba de inyección —yo jamás me hubiera atrevido— y le quitan uno de los cinco gruesos de la junta de asiento en el bloque; aseguran que si el problema es de desgaste de la leva, la cosa funcionara. En este caso no es así y, además, creo que han vuelto a montar la bomba sin enganchar el codo del mando de la cremallera. Unos días más tarde un buen mecánico me asegura que es la válvula de escape que se ha pegado. La solución es sencilla: después de desmontar la tapa de balancines, le doy unos golpecitos a la cabeza de la válvula y efectivamente, esta se despega; siempre se aprende algo nuevo. De cualquier manera el motor sigue sin funcionar, ahora probablemente por causa del mando de la cremallera y como carezco de las herramientas adecuadas, no puedo arreglararlo.

 

Continua la mala racha: Después de dormir mucho mejor —despertando únicamente cada hora para achicar— amanezco ¡con la mano derecha completamente paralizada! Al principio pienso que solamente está dormida, pero no, realmente las funciones motrices han desaparecido por completo. Me asusto mucho, achico —con la mano izquierda— y salto a tierra. Dos jóvenes y amables sargentos de la Ayudantía de Marina me acompañan en coche hasta el Hospital Insular, en Valverde. En urgencias me atienden de maravilla, diagnosticando “parálisis radial”. Tendré que ir hasta Tenerife a que me examine un neurólogo. Más tarde hablo por teléfono con mi hermana y mi cuñado —ambos médicos— y me  tranquilizan un tanto: No tiene porque ser necesariamente un problema cerebral como yo me temo, podría ser producto del agotamiento al que me he visto sometido —como así resultó ser—, ¡menos mal! De cualquier manera transcurrirá un mes largo antes de recuperar completamente las funciones motrices de la mano.

 

Finisterre cada vez hace menos agua, ahora puedo estar 3 horas sin achicar, de manera que voy recuperando el sueño atrasado que es mucho. Ahora estoy fondeado cerca del muelle con una amarra a tierra, de modo que puedo desembarcar sin necesidad de utilizar el chinchorro. Me he vuelto un asiduo del bar de Doña Rosalía, una señora mayor con mucha energía.

Una vez restablecido de mi parálisis, si quiero seguir camino hacia Tenerife y Barcelona, tendré que sacar al barco del agua y repararlo, pero ¿cómo? Aquí en La Estaca hay una grúa, pero aún no funciona porque no está totalmente montada y a saber cuándo lo estará. Me dicen que en La Restinga, al sur de la isla, hay otra grúa —funcionando—, pero no del suficiente tonelaje para mi barco. Asimismo en ese puerto hay un travel-lift, pero tampoco está en funcionamiento por no sé que problema de las llantas. Gente del puerto me sugiere que llame al Presidente del Cabildo Insular y le cuente mi problema. Así lo hago, y ¡maravilla! Se pone personalmente al teléfono. Le explico mis peripecias y comentamos las posibilidades que se nos ofrecen: Las antes apuntadas, un camión grúa del Cabildo, que no da el tonelaje requerido, y otro camión grúa particular que sí lo da. El Presidente promete mandarme este último camión. Nunca más volví a hablar con el accesible Presidente, así que desde aquí vaya mi agradecimiento por su ayuda y apoyo a este pobre navegante solitario.

Al día siguiente aparece Luis, el propietario del camión grúa, y efectivamente, parece que podrá levantar el barco sin muchos problemas; quedamos en efectuar la operación tres días más tarde. En esos días sopeso los pros y los contras. Previamente debo desarbolar, preparar una cuna en tierra para que repose e improvisar unos separadores de donde colgar las eslingas, para que estas no trabajen en compresión dañando el casco. Toda la operación se me hace muy cuesta arriba, sobre todo porque mi mano derecha sigue totalmente inútil y en consecuencia mi capacidad de trabajo está muy mermada. También debo valorar el coste económico que supondría la estancia del barco en la zona portuaria.

 

Finalmente decido no varar por el momento. Esperare a que mi mano se restablezca para luego efectuar algunas reparaciones de fortuna que me permitan llevar a Finisterre hasta Los Cristianos, en Tenerife, donde tengo buenos amigos y donde hay un varadero económico .

 

Un mediodía conozco a Pepe, meteorólogo del aeropuerto y amante del mar. Por la noche viene a buscarme y nos vamos a cenar a Valverde un suculento solomillo. ¡No recordaba lo deliciosa que puede resultar la carne! Después de cenar nos damos una vuelta por La Villa —de Valverde—, donde abundan las lindas mujeres. A las cuatro horas, Pepe me devuelve al Finisterre. El agua está desbordando el piso, pero no me importa pues reintegrarme a los placeres de la vida terrestre ha valido la pena.

En sucesivos días, Pepe y yo nos hacemos grandes amigos. Me hace conocer la isla, los y las isleñas, la escasa, pero agradable vida nocturna y la gastronomía insular. La isla es una belleza, la gente es amable y hospitalaria y apenas hay turismo. El barco cada día hace menos agua y mi mano se va recuperando lentamente. Estoy contento.

 

Pepe va a comprarme el barco tal como está. El supuesto negocio que pensaba realizar no será, pero Finisterre quedará en buenas manos. Por mi parte estoy un poco cansado de tanta agua (dentro y fuera del barco) y se me hace muy cuesta arriba volver a trabajar para poner el barco en condiciones. De cualquier manera, todavía ganaré unos cientos de dólares, ¿qué más puedo pedir? Pepe está encantado con el Finisterre. Los dos creemos que, por su tolerancia y fácil manejo, es el barco ideal para aprender a navegar a vela.

 

En el puerto hay atracado un balandro de madera construido por su propietario y patrón. El tipo parece que sabe mucho de construcción naval en madera. Con su ayuda descubrimos que hay dos cuadernas y tres varetas partidas limpiamente en la zona de la carlinga. Yo ya sabía que había dos varetas en malas condiciones, pero el daño restante seguramente se origino en el gran pantocazo que sufrimos poco antes de llegar. Buscando la causa de la entrada anormal de agua, ya había revisado esa parte del barco y no había sido capaz de detectar, tan limpias son, las roturas de las cuadernas y varetas. Vista la avería, lo raro es que no hiciera todavía más agua. Después de conversar con este experto y de estudiar detenidamente los planos del Finisterre, llego a la conclusión de que cuando se sustituyó el mástil original de madera por el actual de aluminio, se modificó el sector de la carlinga eliminando varias varengas, con lo que se debilitó esa parte esencial del barco donde se apoya el mástil. Es casi seguro que eso fue el origen de los problemas en los cadenotes, de la considerable entrada de agua en ceñida, etc. Este hombre, Tierrí, tiene que efectuar reparaciones en su barco, de modo que se pone de acuerdo con mi amigo para hacerlo conjuntamente. Dentro de poco, cuando Pepe tome sus vacaciones, iremos a La Restinga para sacar el Finisterre del agua —con carro por la rampa existente— y así cerrar la operación de compraventa.

A estas alturas —han pasado casi tres semanas— ya conozco bastante gente y me lo paso muy bien en la isla, que cada día me gusta más.

 

 El día 8 de noviembre, Pepe, ya de vacaciones, y yo con la mano bastante recuperada, aparejamos con rumbo a La Restinga. En menos de dos horas estamos frente a la bocana, el viento es del NNE, justo el rumbo al que hay que gobernar para acceder al puerto. Como ni Finisterre ni yo estamos en nuestro mejor momento, desisto de intentar voltejear en la bocana y nos dirigimos hacia Puerto Naos (2 millas al NW de La Restinga) en donde fondeamos sobre roca. Mañana será otro día.

 

Después de una noche tranquila, amanece soleado y sin viento. Estoy preocupado, la entrada a vela a La Restinga no me hace ninguna gracia. El barco no está en buenas condiciones, el timón no puede meterse todo a estribor porque tiene un herraje en mal estado, las velas distan mucho de estar planas y el casco está bastante sucio. Pasa una barca de pesca y le hacemos señales, se acerca y le pido remolque cuando regrese a puerto. Me responde que su motor es de poca potencia y estamos algo lejos y será mejor ir por nuestros propios medios hasta la bocana y allí esperar algún barco que nos pueda dar remolque hasta el interior.

Después de desayunar se levanta una brisa de tierra que nos apresuramos a aprovechar levando rápidamente el ancla y zarpando. Vamos con mayor en el primer rizo y foque. Al acercarnos al puerto el viento rola y se entabla del NNE, mi gozo en un pozo.

 

A partir de ese momento las cosas se precipitan con suma rapidez y comienzan los minutos más negros de mi vida de navegante. Contra mi propio criterio y consejo de los pescadores, en vez de fondear junto a la bocana y esperar remolque, decido entrar a vela. La marea está alta, Pepe se sitúa en la proa, listo para fondear y/o arriar el foque. Supongo que el hecho de llevar tripulante me hace más audaz, aunque no sepa sacarle partido por falta de costumbre. Entramos ciñendo amurados a estribor y pegados al espigón, en un rumbo casi perpendicular a la entrada; enseguida cambio de bordo y... El barco se niega a virar por avante, inmediatamente viro en redondo y salimos por los pelos. Lo lógico y sensato después de este aviso hubiera sido desistir completamente de entrar a vela, pero no, contra toda prudencia y sentido común, me empeño en entrar. Repetimos la maniobra y ,obviamente, el barco vuelve a negarse a virar por avante, pero esta vez al virar en redondo topamos contra una piedra sumergida y el pobre Finisterre se detiene en seco. Me quedo paralizado y no atino a fondear de inmediato. En ese preciso momento llegan “las tres marías” y entre crujidos, lamentos y golpes, quedamos en seco acostados sobre las rocas, a unos 40 metros del lugar donde colisionamos inicialmente. Un pesquero grande que ha visto lo ocurrido acude rápidamente, le paso el cabo de fondeo e intentamos sacar el barco, pero inútilmente pues la marea está bajando y estamos encajados entre las rocas. Damos amarras a tierra para que el barco se mueva menos cuando trepa alguna ola y desembarcamos.

 

Me retiro un tanto de la gente que ha acudido a mirar y me siento en una roca a rumiar mi estupidez. En ese momento estoy convencido de que jamás lograré sacar a Finisterre de donde está.

Veo a mi pobre barco acostado sobre las rocas. La marea desciende y las olas apenas lo mueven ya. La pala del timón esta medio arrancada, hay algunos boquetes en la obra viva, sobretodo en la banda de estribor. El quillote está medio encajado en un hueco entre las rocas. El barco está acostado sobre la banda de estribor en un ángulo de 40 grados, sobre un resalte de las rocas, la proa más elevada que la popa. 

 

Estoy desolado, aunque pienso que me ha estado bien empleado por osado, imprudente, soberbio y cabezón. Siento que he traicionado la confianza de mi pobre barco. Me avergüenzo profundamente. Finisterre ¿cómo he podido hacerte esto? Tú que has velado por mi tanto tiempo y mira como te he pagado... No merezco tus desvelos y fidelidad. Lo siento, lo siento.

 

Cuando me sereno decido intentar sacarlo de donde está.  Pero habrá que darse prisa antes no se levante más mar.

Siguen 24 horas de frenética actividad. Desmontamos todo lo desmontable: Motor —utilizando la botavara y un aparejo—, batería, botavara y cocina. Lo depositamos un poco más arriba, junto con todo el equipo, velas, comida, herramientas, etcétera. Queda todo cubierto con un toldo y toda la cadena de fondeo encima para que no se lo lleve el viento. Hacemos pequeños encofrados que rellenamos con cemento acelerado con bicarbonato, para tapar lo más grueso de los boquetes. Todo el costado de babor lo cubrimos con viejos neumáticos amarrados entre sí, para que cuando inevitablemente caiga sobre ese costado, se dañe lo menos posible. Solo un par de lugareños se ha acercado a ayudarnos. Para cuando terminamos, estamos agotados. Silvano, un francés afincado en la isla, nos brinda su hospitalidad y dormimos unas horas en su casa.

Creo que nos hemos desembarazado de una tonelada de peso y espero que con la próxima marea consigamos salvar al Finisterre.

 

La marea casi está llena, el barco de Vicente está preparado, damos el remolque y embarcamos junto a un voluntario de última hora, Miguelón, quien resulta ser un experto en estos lances. Cuando la marea está completamente llena, las olas empiezan a mover el barco y el pesquero empieza a tirar. Finisterre se tumba hacia babor y empezamos a salir lentamente del atolladero entre golpes y crujidos. Cuando estamos casi en aguas libres, nos atoramos entre unas piedras. Sin pensárselo dos veces, Miguelón trepa rápidamente hasta la cruceta y situándose en el extremo de babor, con su peso hace que el barco escore y se zafe. Estamos en aguas libres, pero haciendo un montón de agua por los numerosos agujeros de la obra viva. Mientras achico desesperadamente, nos remolcan rápidamente hasta la grúa que ya está preparada. Al estar abarloados al muelle, el agua alcanza el nivel de las literas. Miguelón y yo nos zambullimos inmediatamente para pasar las eslingas bajo el casco. Cuando estas quedan firmes, el barco ha empezado a hundirse. Así, medio colgando, medio flotando vamos achicando furiosamente entre terribles lamentos de todo el casco. Poco a poco, al ir aligerándose de agua, la grúa lo va levantando algunos centímetros, acelerándose el vaciado a través de los boquetes. Por fin, ya vacío del todo, la grúa deposita al sufrido Finisterre en tierra. ¡Salvado!

 

Pero todavía nos queda mucho que hacer: Hay un irascible pescador que exige dejemos libre la grúa inmediatamente para botar su barca. Como no tenemos material para apuntalar el barco, nos dedicamos a husmear por los alrededores hasta que descubrimos una montaña de palés en el muelle, a unos 100 metros de la grúa. Tomamos prestados una treintena y los trasladamos a mano —Pepe y yo— hasta formar una columna a cada lado del Finisterre, lo que junto a algunos puntales hacen que el barco se mantenga en pie. Después, con gran esfuerzo, movemos uno de los carros —antiguos chasis de camión con dos pilares en uno de sus lados— que tiene los ejes y la dirección medio gripados. Volvemos a suspender al Finisterre, colocamos el carro debajo y a continuación dejamos descansar el barco apoyado sobre su costado de babor; lo amarramos convenientemente y con la ayuda de un vehículo todo terreno, trasladamos el carro hasta la explanada situada junto al puerto. Después tenemos que devolver los palés a su lugar y ¡por fin terminamos! Estamos exhaustos.

 

Tengo que agradecer la inestimable ayuda prestada por Vicente y Tomas, pescadores de la Restinga, así como la del providencial tripulante de fortuna, Miguelón. Gracias también a aquellas otras personas que no recuerdo y que colaboraron desinteresadamente.

Alguien que va a Valverde nos lleva hasta la Estaca, donde se encuentra el vehículo de Pepe. Cenamos copiosamente y nos vamos de inmediato a dormir y a descansar nuestros fatigados músculos en la casa-cueva de Pepe.

Empleamos los dos días siguientes en trasladar y almacenar todo el material desembarcado en las rocas. Hay que subir unos cien metros por encima de las rocas, sorteando obstáculos, hasta donde se encuentra el automóvil. Subimos el motor con ayuda local y en la operación me machaco el dedo índice de la mano izquierda.

 

Y sigue la mala racha: Pepe amanece con tan mal aspecto que lo llevo inmediatamente al hospital, donde queda ingresado para ¡operarlo de peritonitis!

En los cinco días que permanece en el hospital me muevo en su viejo Land-Rover que, después de tanto tiempo sin conducir, es el vehículo ideal para mi dada la lentitud con la que hay que conducirlo. Conozco más lugares de la isla, asisto a bailes y fiestas, visito al enfermo y en general me lo paso pipa. Duermo en la linda cueva de mi amigo muy a gusto. La cueva es natural, de formación volcánica, pero muy arregladita y con vistas al mar. Aunque no es muy espaciosa, es más que suficiente y desde luego mucho más amplia que el barco.

—Pobre Finisterre.

Por fin dan de alta a Pepe. La primera noche que vuelve a dormir en su casa-cueva, resulta que llueve como nunca y la cueva se transforma en un río subterráneo, viéndonos obligados a evacuarla de mañanita.

¡Dos naufragios en una semana! ¡Esto es demasiado! Pero no hay mal que por bien no venga: Marián nos brinda su hospitalidad y nos acoge en su casa. Una casa de verdad, con agua caliente, lavadora automática, cocina de película, blanda cama, jardín, etcétera. El “no va más” para el medio salvaje en que me he convertido.

A pesar de todo, Pepe sigue queriendo comprarme el barco. Lo quiere reparar. Yo pienso que se siente un poco responsable de todo lo ocurrido, sin ninguna razón desde luego, ya que fue mi única y exclusiva culpa. Al final me paga una cantidad de dinero que probablemente no merece el barco tal como está.

 

La última semana es pura vacación y fiesta.

A finales de noviembre abandono El Hierro con la íntima convicción de volver.

 

    ©Román Sánchez Morata 1998-2001-2013

 

Última entrega (nº 16): Epílogo y Apéndices

 

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