Apuntes de una travesía en solitario, o "como navegar con poco dinero" -5-

16.12.2014 16:15

 

V

 

 

BRASIL

 

 

 

Navegación costera

 

 

 

20 de abril de 1989.

Al despertar y salir a cubierta, el trópico nos da la bienvenida: Las laderas de la isla, íntegramente cubiertas de exuberante vegetación, descienden abruptamente hasta este mar limpio y profundo. En el fondo del “saco”, algunas casitas se encaraman en la pendiente ladera. El verde lujurioso es el color dominante que relaja nuestros ojos saturados de tanto azul y gris. Saco Sombrío es lindo, lindo.

Fondeamos, de nuevo, un poco más cerca de la orilla, en 11 metros de profundidad. Iniciamos unas vacaciones nadando, con gran placer, en las limpias aguas de la caleta.

Un pescador se acerca en su canoa y nos da la bienvenida obsequiándonos con una olla de camarones hervidos. Sube a bordo y charlamos animadamente. Nos informa que a este lugar solo se puede acceder por mar y de ahí su, digamos, virginidad.

La comunidad va de caza al interior de la  isla, y captura un cachorro de capibara, un roedor grande de orejas muy cortas y sin cola, muy tímido y de aspecto bonachón. Buscando parecidos con otros mamíferos, podría decirse que tiene rasgos de conejo, castor y cerdo. De cuerpo grueso y buen nadador,  nuestros amigos dicen que su carne es excelente.

Foto: https://farm1.staticflickr.com

 

Acá no hay otras embarcaciones que canoas (creo que del tipo canoa caiçara), las hay de todos los tamaños y formas, las mayores equipadas con pequeños motores diesel y todas pintadas de vivos colores que alegran la vista.

Foto: http://canoadepau.blogspot.mx/

 

Como he dicho antes, estamos de vacaciones así que los únicos trabajos que efectuamos son preparar las comidas, lavar los cacharros y hacer una lista de reparaciones.

Pasamos tres estupendos días entre la hospitalidad de esta pequeña comunidad de pescadores. Antes de partir nos obsequian con frutas que recolectamos directamente de los arboles que crecen alrededor del poblado.

 

Ilhabela.

El día 23 de abril, en casi cuatro horas, cubrimos a motor la distancia entre Saco Sombrío y la población de Ilhabela, en el NW de la isla. La costa es muy bella y limpia, así que costeamos pegados a la orilla. El motor vibra anormalmente a causa de la transmisión que está muy dañada.

Nos amarramos a un muerto del Yate Clube de Ilhabela. Somos bienvenidos y la estancia es totalmente gratuita. Las duchas del club son una maravilla: limpias y con abundante agua caliente.

Ilhabela es una pequeña población de pescadores, pero muy desarrollada de cara al turismo veraniego nacional. Afortunadamente este crecimiento se ha efectuado sin romper del todo el encanto original. Como es temporada baja, apenas hay nadie.

Como manda la tradición, el capitán invita a toda la tripulación a una cena. Esta resulta deliciosa y ¡no hay que lavar los cacharros al terminar!

Los dos habíamos estado anteriormente en Brasil, pero ambos desconocíamos esta parte del país. La verdad es que estamos algo decepcionados pues vemos muy pocas mujeres guapas, los precios nos parecen más altos que los que recordábamos de anteriores visitas y no hemos oído buena música en ningún lugar, pero de cualquier modo no lo pasamos mal.

En el club hay un servicio de lancha que nos trae y nos lleva, un auténtico lujo. Una mañana, conseguimos comprar camarones a buen precio y nos ponemos “morados”. En una tienda de náutica conseguimos una carta de navegación de la costa desde aquí hasta  Río de Janeiro.

 

Un día, nos vamos —en guagua y ferry— a la ciudad de Sao Sebastiao, en el continente., donde realizamos los trámites legales: Despachos de entrada en la Policía Federal, Capitanía dos Portos y Receita federal (Aduana) y en esta última también hago la importación temporal del barco.

Nos atracamos al muelle del club para repostar agua y gasoil y en la maniobra, por mi culpa, Finisterre recibe un golpe en un costado y se fastidia un candelero. Reparamos éste, así como el herraje del obenque bajo de estribor, responsable de esta escala. También sustituimos la goma-cardan de la transmisión y el amantillo de la botavara que rompió el día previo a la llegada.

Las bombonas de gas brasileñas son diferentes de las argentinas, pero conseguimos efectuar un trueque no muy desfavorable. Compro algo de cabo y unas gafas y tubo para bucear.

Nos morimos de ganas de mujer, pero no las hay o no sabemos hallarlas que viene a ser lo mismo. Simpatizamos con algún socio del club y esperamos, vanamente, que nos inviten a comer. La verdad es que nuestra economía es paupérrima.

 

Justo antes de marchar de Ilhabela, volvemos a la ciudad a recoger la importación temporal y a efectuar el despacho de salida en los mismos organismos oficiales. En la Policía Federal, el funcionario que me atiende me dice que no necesito despacho de salida. Como tengo la certeza de que lo necesitaré en la próxima escala, insisto. El funcionario se violenta y me grita que ¿cómo me atrevo a indicarle la manera de hacer su trabajo?, de modo que arrío el velamen y desparezco.

 

4 de mayo.

Por la mañana zarpamos a vela hacia la Enseada do Flamingo. Después de quedar encalmados y proseguir a motor, a las tres de la tarde fondeamos en la primera de las calas de la citada ensenada. Una linda playa de arena blanquecina con un par de antiguas casas en cada extremo.

Aprovechando que el tiempo es bueno, estreno mis gafas efectuando una inmersión de inspección de la obra viva del Finisterre. Uno de los herrajes que sujetan la pala del timón esta suelto y hay una sospechosa grieta por la parte de babor del quillote. Teniendo en cuenta la cantidad de agua que el barco hace normalmente, y muy a pesar de mi bolsillo, me temo que no tendré otro remedio que varar el barco.

La goma-cardan de la transmisión se ha vuelto a dañar. Pruebo con una pletina solidaria a la goma y unos tornillos más largos, pero probablemente el problema sea que el eje está torcido o el motor desalineado; ya veremos.

Al tercer día cambiamos de cala y nos trasladamos a la que hay en el fondo de la ensenada. Descubrimos, con asombro —no vimos entrar o salir ningún barco en estos días—, que hay una bola de barcos amarrados a muertos o fondeados. También hay un Yate Clube y una rampa para varar. El precio de la varada no es caro, pero sí lo es, y mucho, el alquiler del carro necesario, lo que me hace desistir. Por aquí parece que hay algunas mozas fermosas, pero muy solicitadas.

 

7 de mayo.

Zarpamos a las nueve de la mañana, pero debemos fondear a los quince minutos pues se han vuelto a partir varios tornillos de la transmisión. Efectuada la reparación, volvemos a zarpar a las once bajo la lluvia.

A las 1330 fondeamos, entre dos grandes pesqueros, en la Bahía Norte de la Isla de Anchieta. La bahía es magnífica con una estupenda playa al fondo. Nuestro derrotero del año 1968 dice que hay un correccional en la isla. Se ven, efectivamente, unos edificios de aspecto carcelario frente a la playa. El tiempo es ruin, llueve continuamente. Por la noche, los pesqueros marchan. Sigue lloviendo.

Al día siguiente vemos una pequeña canoa de pesca. Nos acercamos  remando en nuestro  bote de goma y después de un largo regateo, les compramos pescado. Por la tarde fondeamos más cerca de la playa y desembarcamos. Ahora los viejos edificios ya no albergan reclusos, sino a los vigilantes de la “reserva forestal” que se ha creado. La playa es magnífica y paseamos por ella sin ver apenas huellas. Hoy el clima es mejor, ha dejado de llover y a ratos asoma un tímido sol.

 

9 de mayo.

Dejamos la linda Isla de Anchieta y nos vamos a la ensenada de Ubatuba. Fondeamos frente al pueblo del mismo nombre en 2,3 metros de arena y limo, filando sólo 10 metros de cadena. Al bajar la marea el barco encalla sin consecuencias porque el fondo es blando y no hay marejada. Localizamos un restaurante económico y nos regalamos una excelente comida. Es una pena disponer de tan poco dinero, pero es lo que hay.

En la segunda noche que pasamos aquí, al volver a bordo, Claudio resbala al embarcar en el anexo y se da un baño integral completamente vestido. El incidente provoca grandes risotadas. A estas alturas Claudio y yo nos entendemos a las mil maravillas formando un buen equipo que no estaría completo sin el fiel y querido Finisterre.

 

11 de mayo.

Por la mañana prontito, zarpamos a motor y ya fuera de la ensenada, paramos la maquina e izamos todo el trapo.

Cerca del mediodía, bajo un sol delicioso, corremos a 6 nudos ciñendo un viento flojito del ESE. Volvemos a hacer bastante agua, lo que no nos impide disfrutar de este maravilloso litoral plagado de pequeñas islas e islotes.

Prácticamente de noche, damos fondo en Praia Grande de Cajaiba, después de doblar la Punta de Juatinga que señala la entrada a la grandiosa Baía de Ilha Grande.

A la mañana siguiente desembarcamos en la amplia y hermosa playa en donde viven algunos pescadores. Canjeamos una cajetilla de cigarrillos por dos caballas secadas al sol. Mechadas y maceradas con ajo y aceite de oliva, resultan muy sabrosas.

Disfrutamos las transparentes aguas y la desierta playa. El paisaje es de ensueño. Me sumerjo y vuelvo a inspeccionar la obra viva, observando que los daños en la pala del timón han aumentado. Si es posible, sacaré el barco del agua en Angra dos Reis. Reparo, por enésima vez, la transmisión con un nuevo sistema de doble goma.

 

13 de mayo.

Realizamos una rápida navegación en las tranquilas aguas de la bahía hasta la población de Angra dos Reis (estado de Río de Janeiro). Da gusto ceñir a rabiar con todo el trapo arriba en estas aguas tan calmas.

Fondeamos al otro lado de la ciudad, en un pequeño club de yates, pero nos ponen tantas pegas para quedarnos —somos demasiado pobres, no les gustamos— que con las mismas nos vamos al puerto y nos abarloamos a un pesquero en reparaciones. La tripulación de este es de lo más amable.

Hemos llegado en plenas fiestas de “O Menino Emperador”. En la explanada situada frente al puerto hay un escenario, en donde se celebran actuaciones folclóricas cada noche, rodeado de chiringuitos. Los precios son populares, así que nos hacemos asiduos clientes.

Angra dos Reis es una pequeña ciudad turística con un puerto que alberga una gran flota pesquera. Cambiamos algunos dólares en un hotel y compramos provisiones. En el varadero no hay lugar hasta dentro de un mes, pero me informan —erróneamente, como luego se verá— de la existencia de un travel-lift en Parati.

 

         El 16 de mayo por la mañana acompaño a mi amigo y compañero de fatigas a la estación de autobuses. Claudio regresa a Buenos Aires a donde llegará después de más de 40 horas de viaje. Nos despedimos con pena pues a ambos nos hubiera gustado seguir navegando juntos, pero por desgracia nuestros respectivos presupuestos nos lo impiden. Queda una amistad firme y una experiencia común inolvidable. Querido amigo, te deseo ¡Buenos vientos en la mar y en la vida!

 

©Román Sánchez Morata 1998-2001-2013

 

Sexta entrega: VI - SOLO. Baía de Todos os Santos. Equipo.

 

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