La motonave Ruiseñada o El ocaso del franquismo

21.12.2013 13:24

 

    La mañana del sábado 9 de noviembre de 1974 me hallaba en el puerto de Vigo contemplando la motonave Ruiseñada, mi puesto de trabajo y residencia durante los siguientes meses.

Foto tomada en Santander el 19 de abril de 1974

 

    De aspecto sólido y elegante, con el casco de ligero arrufo pintado de negro y las superestructuras de blanco ─a excepción de la chimenea─, me gustó a primera vista.

    Un buque mixto de 5.135 toneladas de peso muerto, 107 metros de eslora, 15,8 m de manga y 9,4 m de puntal, con alojamiento para 12 pasajeros y 36 tripulantes.

    Fue construído en la SECN de Sestao en 1957/58 para la Naviera de Exportación Agrícola, que lo bautizó con el nombre de Beniel.

     En él se rodó la película “María, matrícula de Bilbao" dirigida por Ladislao Vajda en 1960.

    En 1967 lo compró la Cia. Trasatlántica que le impuso el nombre de “Ruiseñada” en honor del Conde de San Pedro de Ruiseñada, hijo mayor de Juan Antonio Güell y López, presidente de la Compañía Trasatlántica Española.

    Yo hacía dos meses que había obtenido ─tras superar el examen correspondiente─ mi título de Radiotelegrafista de la M.M. de 1ª clase, es decir, tenía en mi haber dos años de embarque como Radiotelegrafista de 2ª clase y éste iba a ser mi quinto barco. Tres días antes había recibido una llamada telefónica del departamento de personal de la Compañía Trasatlántica Española, que me ofrecía enrolarme como radiotelegrafista en su buque “Ruiseñada” que hacía la línea Cantábrico – Caribe – Golfo de México. El sueldo no era malo y la ruta era muy atractiva, así que acepté inmediatamente. Sólo 24 horas antes había recogido en las oficinas barcelonesas de la Compañía ─situada en la plaza del Duque de Medinaceli─ el billete de avión para trasladarme a la ciudad gallega.

    Me acerqué a la escala real para subir a bordo. Ya en cubierta me recibió el tercer oficial, José Luis, quien me precedió hasta el camarote del capitán. Llame a la puerta y, tras escuchar un tenue “adelante”, entré.

    El capitán, de uniforme, sentado tras su escritorio, parecía observarme con una mirada de reprobación.

    ―Buenos días, capitán ―dije mientras le tendía la mano― me llamo Román y soy el nuevo radiotelegrafista.

    ―En este barco no nos gustan los barbudos… ―contestó, ignorando mi mano tendida y sin mirarme a los ojos.

   ―Pues nada ―repliqué, una vez recuperado de mi estupor― que tenga usted un buen día, sin barbudos.

    Me di media vuelta y me retiré. Afortunadamente, en esa época, era fácil encontrar empleo y pensaba que no tenía por qué aguantar impertinencias de nadie.

    En el pasillo aguardaba un empleado del consignatario, quien me solicitó la libreta de navegación para poder enrolarme. Le expliqué lo sucedido, pero él afirmó que no debía ofenderme, que el capitán era una buena persona con un mal día y que no me preocupara. Yo sabía que el buque no podía ser despachado sin un radiotelegrafista a bordo y la pizarra de la escala real anunciaba la salida para Lisboa a las 20:30 horas de ese mismo día. Tenía que haber desconfiado, pero justo entonces apareció un alegre joven que se presento como Jorge, el agregado. El despachante, tras ponerle al corriente, le pidió que me describiera al capitán.

   ─Bueno, El Viejo es como es, muy puntilloso con lo aparente, pero casi no lo verás y el primer oficial es buena gente. El segundo y el tercero son jóvenes y amigables, te lo pasarás bien, ya lo verás.

    Me dejé convencer y me acompañaron al camarote del segundo oficial, quien me estrechó la mano y me presentó a su esposa, una belleza venezolana que viajaría con nosotros hasta La Guaira. Mientras el 2º rellenaba, firmaba y sellaba el rol y mi libreta de navegación para despachar el buque en la comandancia de marina, José Luis, el 3º, bromeaba con el agregado.

    El despachante marchó, José Luis, que estaba de guardia, volvió a cubierta y Jorge me acompaño hasta la sala de radio y a mi camarote, al fondo de la misma. Luego fue al cuarto de derrota, contiguo a la radio, y se despidió:

    —Si necesitas algo, me lo dices, estaré en la derrota copiando el cuaderno de bitácora en el diario de navegación. 

    Yo estibé la ropa en el armario del pequeño camarote: armario, cama, aplique de luz, escritorio, silla, espejo, lavabo, perchero y un portillo rectangular. Luego tomé posesión de la estación radiotelegráfica del buque (distintivo de llamada EBUV), situada a popa de la parte estribor del puente.

    Frente a la puerta de entrada había una mesa ─a todo lo largo de la sala─ con los transmisores, receptores y demás aparatos fijados encima. En el centro de la mesa estaba el puesto del operador y debajo, a ambos lados, estaban los cajones y armarios. En el lado opuesto a la mesa había dos sillones, un baúl con la biblioteca del barco, un escritorio y una silla. Disponía de un transmisor de OC de 400 vatios de potencia, un transmisor de OM de 200 vatios y otro de emergencia (OM) de 50. El receptor principal y el de emergencia eran Eddystone. La primera impresión fue muy satisfactoria.

   El primer oficial entró para presentarse ―Elías, un gallego de pro― y darme la bienvenida a bordo.

   ―Me han contado el desplante del capitán ―dijo―, pero no te preocupes, si cumples tu cometido con eficacia y seriedad, no tendrás problemas con él. Es un excelente marino, pero viene del Begoña donde tenía más de 200 tripulantes a sus órdenes y la responsabilidad de casi 1000 pasajeros. Le está costando un poco descender de las alturas y adaptarse al día a día de un mercante. Si quieres congraciarte con él, ponte el uniforme en las comidas y en las entradas y salidas de puerto.

    Asentí aunque pensando que ni quería congraciarme, ni podía hacerlo, pues no había considerado necesario traerlo, al tratarse de un barco de carga.

    Después de charlar un rato, el primero me dejó para seguir controlando la estiba de la carga. Lo cierto era que se necesitaba ser un artista para estibar la carga ─embarcada en 4 puertos diferentes─ sin efectuar remociones para descargarla en otros tantos.

    A las seis de la tarde bajé a cenar al comedor de oficiales. Había cuatro mesas. Una para los maquinistas y alumnos de máquinas, otra para los oficiales de puente (también la esposa del segundo), agregado y radiotelegrafista, otra para los pasajeros (si los había) y la cuarta para el capitán, sus invitados ─a veces el primer oficial y otras algún pasajero─ y el jefe de máquinas. Aunque habitualmente el capitán cenaba en su camarote, ese día no fue así y “El viejo”, de uniforme, presidía la cena. De momento Rosa, la esposa del 2º oficial, era la única pasajera. La presencia del capitán intimidaba tanto que no se oía más voz que la suya y la del chief enginer. El first mate cenaba deprisa y con uniforme de trabajo, pues tenía que volver a cubierta a ultimar la estiba con el contramaestre. La cena era pasable pero el vino resultaba infame, así que volví a mi radio, pues me quedaban muchas cosas por hacer antes de zarpar. Más tarde el tercero me explicó que en las maniobras del Ruiseñada, como había tres oficiales además de un agregado, no se necesitaba al “chispas” en el puente.

    Durante la maniobra de salida me situé en la parte de popa del alerón, desde donde podía verlo todo sin estorbar. El capitán, de uniforme, me saludó con displicencia.

    Acabada la maniobra y desembarcado el práctico, hice mi primer enlace radiotelegráfico con EAF (Vigo Radio) que no tenía tráfico para mí. Después el agregado me dijo que el Capi quería verme. Bajé a su camarote donde, sin mediar palabra, me entregó unos cuantos telegramas para que los cursase. Los transmití (vía EAF), recibí un parte meteorológico que dejé en el cuarto de derrota y me retiré a mi camarote. Y así transcurrió mi primer día a bordo del Ruiseñada.

    Con la mar de proa, la noche fue bastante movida y el barco dio algún que otro pantocazo.

    Al día siguiente llegamos a Lisboa, aunque atracamos pasadas las siete de la tarde, con tres horas de retraso. La entrada a Lisboa desde el mar es magnífica, especialmente el paso bajo el puente colgante que une ambas riberas del Tajo así como el paso junto al monasterio de los Jerónimos. 

Foto de http://ruthdelavarga.files.wordpress.com

 

    José Luis, el agregado y yo bajamos a tierra. Disfrutamos del ambiente de libertad, contemplando embelesados los carteles de propaganda del PC y otros partidos de izquierda: recordemos que en España sólo estaba autorizado el Movimiento Nacional (FET y de las JONS). Cenamos magníficamente con vino verde, camarones y buena conversación en el Ribadouro. Después subimos en tranvía hasta el barrio del Chiado (aún no se había quemado) a tomar unas copas. El ambiente era magnífico, el encanto de la reciente revolución permanecía, reinaba el buen humor y la gente era muy comunicativa. Entablamos una conversación con un grupo de lisboetas sobre el enorme cambio experimentado en los últimos siete meses y la alegría de vivir en libertad después de tantos años de oscurantismo. Las chicas, de sonrisa encantadora, eran más amables y desinhibidas que en España. Volvimos al barco felices y deseando más intensamente, si cabe, la muerte del opresor.

    A la noche siguiente, Rosa, Javier, Jorge, José Luís y yo fuimos a cenar al Café Restaurante Martinho da Arcada, en la Praça do Comércio. Comimos un arroz caldoso sensacional y después bacalhau com lulas, regado generosamente con vino verde. Durante el ágape hablamos, como no, de la situación política en España:

     Hacía menos de un año del atentado contra Carrero Blanco, en el Sahara el Polisario recrudecía la guerra de guerrillas contra el ejército español. El régimen del general Franco cada vez era más censurado en el exterior de España, incluso por EE.UU., su principal valedor. La otra dictadura fascista de la Península había caído delante de la revolución de los claveles. Franco estaba cada vez más aislado. Después de que el príncipe Juan Carlos de Borbón asumiera por primera vez durante 46 días el cargo de Jefe de Estado en funciones ─a causa de la enfermedad del dictador─, éste limitaba cada vez más sus apariciones en público y se rumoreaba que cada vez estaba peor. El franquismo tenía los días contados, o eso esperábamos y deseábamos. De vuelta a bordo, arrancamos con cuidado unos carteles de propaganda del Partido Comunista Portugués para guardarlos de recuerdo.

    Al día siguiente, una vez completada la carga y despachada la comida de mediodía, zarpamos a eso de las 13:30. El descenso por el río Tajo es muy hermoso: la ciudad desfila por estribor y se aleja lentamente por la popa. Pasada la Torre de Belém, el estuario se va ensanchando progresivamente hasta que rebasamos el Forte de São Julião da Barra y podemos considerarnos en mar abierto.

Foto: http://4.bp.blogspot.com

    Junto a la puerta de la cámara había un tablero dentro de un soporte ─acristalado y cerrado con llave─ donde se fijaban las órdenes del capitán y otras comunicaciones oficiales. Cuando fui a cenar, leí el último “decreto-ley” del capitán, que decía más o menos así:

    Se recuerda a los oficiales y alumnos la obligatoriedad de utilizar el uniforme de trabajo durante las maniobras de entrada y salida a puerto, así como durante las guardias de portalón. 

         En la mar a 12 de noviembre de 1974, firmado: El Capitán

    

    La tripulación del barco, si la memoria no me falla, estaba formada por 30 personas:

Cubierta.- Capitán, 1º oficial, 2º oficial, 3º oficial, agregado, contramaestre, carpintero, 3 marineros timoneles, 2 marineros y 1 mozo.

Radio.- Oficial radiotelegrafista, también jefe de estación de 3ª categoría del servicio móvil marítimo.

Máquinas.- Jefe de máquinas, 1º, 2º y 3º oficiales, calderetero, electricista y 3 engrasadores.

Fonda.- Mayordomo, cocinero, 2 marmitones y 3 camareros.

    El capitán era Gerardo Larrañaga Bilbao, residente en Santurce, Vizcaya. Como ya se ha dicho, estuvo al mando del Begoña unos años (sabemos que en 1970 lo estaba y que cuatro años después, en el último viaje del trasatlántico, ya no).

    Entre los profesionales de la Marina Mercante circulaban muchos rumores sobre él. Éstos, ya se sabe, corren de boca en boca y el narrador los exagera a su gusto pero, como dice el refrán: si el río suena, agua lleva. Recuerdo que se contaba que a bordo del Begoña, en una ocasión hizo encerrar con un pretexto fútil al marido de una belleza que pretendía seducir. También que una vez había perseguido, pistola en mano, a un “oficial de poca monta” que pretendía seducir a su hija… *

    Los siete capitanes de mis navegaciones anteriores habían sido personas mucho más accesibles y el contraste resultaba notorio. Yo pensaba que a él no le gustaban la juventud (parecía tener unos 40 o 50 años), probablemente por el potencial rebelde inherente a la misma. Este desagrado se manifestaba en su actitud distante y condescendiente para con Jorge, José Luis, Rosa, Javier, el 2º y 3º de máquinas y yo mismo.

    Mis compañeros me previnieron contra el mayordomo, un personaje oscuro, lacayo del capitán.

    Además de los ya mencionados hice buenas migas con Miguel, tercer oficial de máquinas quien me guió en la visita que realicé a la sala de máquinas. El propulsor del buque era un motor diesel de 4.100 CV con un consumo de 15,6 toneladas diarias. La velocidad alcanzada en pruebas fue de 15,37 o 16,13 nudos, según las fuentes. La velocidad de crucero con buen tiempo era de algo más de 13 nudos. Los tanques de combustible podían albergar 662 m³.

    Tuvimos una buena travesía y toda la tripulación se adaptó rápidamente a la rutina de la navegación de altura, sólo interrumpida por las intrigas del tirano. El primer oficial nos transmitía sus directrices con voz neutra, dentro de la obediencia debida al sátrapa. Al tercer día le hizo fijar otro decreto-ley en el tablón de anuncios, titulado: Normativa sobre el uso obligatorio del uniforme en determinadas circunstancias. Además de repetir el anterior, obligaba a asistir de uniforme a las comidas en la cámara ante la presencia de pasaje a bordo ¡Era completamente ridículo! El buque, aunque con capacidad para 12 pasajeros, raramente los tenía, a causa de la lentitud del viaje y de su elevado precio. En esa época la única ventaja de los viajes trasatlánticos en barco era el derecho de llevar una tonelada o 10 m³ de equipaje. El pasajero era un cubano que trasladaba su residencia de España a Venezuela. Se rumoreaba que el capitán le tenía inquina, pues sospechaba que era un espía comunista disfrazado de exilado. El caso es que el pobre hombre, cohibido, se hacía servir las comidas en su camarote y, como el capitán tampoco asistía, el ambiente de la cámara se distendió más.

    Yo entregué una declaración por escrito al capitán alegando la imposibilidad de cumplir la normativa sobre el uso obligatorio del uniforme en determinadas circunstancias, dado que no había sido advertido con anterioridad. Una declaración tal me enemistaba definitivamente con él pero así me cubría las espaldas y le devolvía el desplante del primer día. 

 

    La radio se convirtió en el centro de reunión de los oficiales jóvenes. Aparte de mi silla había lugar para otras 3 o 4 personas. Los radiotelegrafistas experimentados poseíamos un oído selectivo que me permitía participar de la tertulia mientras atendía en la frecuencia de llamada y socorro internacional en O.M. (500 Hz) y en otras (por ejemplo, Aranjuez Radio), mientras esperaba turno para transmitir. Cuando había tráfico me colocaba los auriculares y nada podía distraerme. Después de cenar siempre venían Javier, Rosa y José Luís. Este último entraba de guardia a las 20h y Jorge ocupaba su lugar. Javier entraba de guardia a media noche, así que se iba a dormir un rato antes que Jorge y Rosa. Rosa era muy bella y, aparentemente, muy ingenua y yo me enamoraba a marchas forzadas, a pesar de saberlo un amor imposible.

    Como el capitán no soportaba que nos reuniéramos, a la semana apareció una nueva orden en el tablón de anuncios: “Se recuerda a los señores oficiales, alumnos y familiares, que sólo se permite el acceso y permanencia en la sala de radio por cuestiones de servicio”.

   Nunca decía las cosas a la cara el muy cobarde, pero quizás podía contraatacar con su mismo procedimiento.

    A la mañana siguiente, en el tablero de corcho de la radio, junto a la puerta, destacaba un único comunicado que decía : “Se comunica a la tripulación de este buque que los interesados en obtener las últimas noticias del mundo, los usuarios de la biblioteca, quienes deseen enviar radiotelegramas o simplemente deseen saludar y conversar, serán siempre bienvenidos, excepto cuando la puerta de la estación radiotelegráfica esté cerrada. Firmado: El jefe de la estación radiotelegráfica”.

    Esa pequeña victoria me llenaba de satisfacción, aunque sabía que nunca podría ganar la guerra. A pesar del dictador, disfrutaba de mi trabajo, del mar omnipresente, de mis amigos, de la belleza…

    A veces, mientras esperaba turno para cursar el tráfico con Aranjuez radio, realizaba el inventario de la pequeña biblioteca a mi cargo. Afortunadamente, mi predecesor me había dejado una estación y unas ayudas a la navegación en orden. El funcionamiento de los equipos era satisfactorio y con la potencia radiada conseguía un lugar hacia la mitad de la lista de espera.

   Además de las 8 horas de guardia ─4 horas de guardia, 8 horas de descanso, 4 horas de guardia, 8 horas de descanso y vuelta a empezar─ los oficiales de puente tenían otras responsabilidades. El segundo elaboraba las nóminas, enroles, despachos y cuestiones administrativas en general. El primero además de ocuparse de la carga también era jefe del personal de cubierta y encargado del mantenimiento del barco. El tercero se ocupaba de la derrota y todo lo relacionado con ella.

    La hora del reloj de bitácora (Hz) se iba atrasando cada dos o tres días conforme navegábamos hacia el oeste, 20 minutos en cada guardia nocturna.

    En la cubierta de botes había unos bancos de madera bastante cómodos para leer, observar el horizonte o contemplar la puesta de sol. A veces daba un paseo por esa cubierta, la inferior y la popa de la principal. No recuerdo casi nada de la comida, lo que probablemente significa que no era ni buena ni mala.

    El primer oficial nos comunicó que el capitán, después de zarpar de La Guaira, no toleraría el incumplimiento de la normativa sobre el uso obligatorio del uniforme en determinadas circunstancias.

    ─Te lo advierto ―añadió mirándome―, tu excusa ya no te servirá, será mejor que te compres un uniforme de faena en San Juan o en La Guaira.

   Tras aproximadamente unos 10 días de travesía desde Lisboa a San Juan de Puerto Rico, a primera hora de la mañana del 22 de noviembre penetrábamos en la linda bahía de San Juan. 

    Rosa, José Luís y yo fuimos a tierra y visitamos uno de los imponentes bastiones que defendían la entrada a la bahía.

Foto: http://www.davecruz.com

 

    Después vagabundeamos por el viejo San Juan y la parte moderna de la ciudad. Hacía un calor tremendo, afortunadamente los autobuses urbanos tenían aire acondicionado, aunque después el calor te golpeaba con más fuerza.

    Por la noche fuimos toda la pandilla a un restaurante de comida criolla en el viejo San Juan. Cenamos magníficamente y en la sobremesa, como no era de buena educación hablar de mujeres en presencia de una, acabamos hablando de política.

    José Luís estableció un símil entre España y el Ruiseñada: “El viejo, además de ser él mismo un dictador, es el representante del autócrata español a bordo. El primero es un tecnócrata pragmático que sirve al dictador intentando moderarlo, como los tecnócratas del OPUS que sirven a Franco. Javier no se opone al régimen pero lo critica, como la mayoría de los empresarios. Yo no me opongo abierta sino clandestinamente, como muchos militantes de partidos políticos clandestinos. Román no se opone abiertamente, pero además de crítico practica la desobediencia civil, como algunos profesionales liberales que se oponen al régimen, aunque sólo sea de palabra. Jorge es quien menos puede oponerse al dictador, pero si se presentara la ocasión no dudaría en sabotearlo, como la mayoría de universitarios. El mayordomo y uno de los camareros representarían a las fuerzas represoras y el resto de la tripulación sería la mayoría de la población trabajadora que espera tiempos mejores. El dictador ya no es el que era pero, aunque desgastado y desencantado, sigue siendo temible”.

    A diferencia de España, en que la señal de tráfico que indica la obligación de detener el vehículo totalmente es STOP, en Puerto Rico la palabra es ALTO. Me pareció que la mayoría de portorriqueños defendían el español como lengua propia frente al inglés.

   Los tripulantes expertos en esas lides compraron latas de carne norteamericana para venderlas con algún beneficio en España.

   Creo que zarpamos al día siguiente y, tras una travesía anodina de 41 horas, fondeamos frente al puerto de La Guaira, en espera de atraque. Hacía un calor pegajoso considerable y el mayordomo compró dos sacos de cocos a un bote que se acercó.

    Después de la cena, cuando toda la cuadrilla estaba de cháchara en la radio, un sonriente capitán vino a invitarnos a tomar un drink en el puente. Aunque todos nos quedamos perplejos, un lingotazo es un lingotazo, así que desfilamos hacia el puente. El master había hecho subir una mesa al alerón de babor donde el mayordomo y un camarero se afanaban con las bebidas. Estábamos todos los oficiales, menos el tercer maquinista que estaba de guardia, y Rosa. El capitán nos recomendó tomar lo mismo que él: Whisky Chivas 10 con agua de coco y hielo picado. Casi todos le imitamos y debo decir que es un trago delicioso para ese clima. El viejo se mostró locuaz, contó chistes y anécdotas, propuso adivinanzas y brindis, en fin: se mostró encantador. Imagino que esas aguas le traían recuerdos de veladas similares, pero entonces rodeado por una nutrida corte de pasajeras del Begoña. Fue la primera y única vez que le vi sonreír. A medida que los tragos hacían efecto, el ambiente se relajaba y el mayordomo, pendiente de Don Gerardo, aprovechaba la mínima oportunidad para adularlo.

    Al día siguiente después de la comida levamos anclas para entrar y atracar en el puerto venezolano de La Guaira.

La motonave Ruiseñada entrando en La Guaira de http://elilustradordebarcos.wordpress.com/

 

    En La Guaira estuvimos atracados 4 días y en dos de ellos fui a Caracas: una subida de 900 metros por autopista a unos 30 kilómetros de distancia. Rosa, caraqueña, fue nuestra cicerone. El calor extremo nos impedía disfrutar realmente de los encantos de la ciudad pero, al atardecer, las calles se llenaban de paseantes en busca del ligero frescor. Me convertí en fan de las arepas y de las jóvenes venezolanas.

    Era casi imposible conciliar el sueño, a causa de la elevada humedad y del calor, aún mayor en mi camarote por la proximidad del guardacalor. En una de esas duermevelas abrí los ojos y la luz del muelle ─que penetraba por el portillo─ me permitió ver a un tipo que me miraba sonriente. Me incorporé y farfullé un “¿Qué coño haces aquí?” a lo que respondió con aplomo: “España no pienses mal, subí a ver si me vendías tabaco o coñac”. Estupefacto ante tamaña desfachatez no podía hablar con coherencia y sólo atiné a indicarle la salida con un gesto enérgico que el intruso obedeció, no sin antes desearme buenas noches…

   Alguien (creo que la policía militar) vino a efectuar un profundo fondeo (revisión) en busca de contrabando y me parece que no encontraron nada, aunque me consta que había una buena cantidad de cajas de brandy Fundador a bordo.

    En las maniobras de entrada o salida yo me situaba en la parte de popa de los alerones. Cuando zarpamos de La Guaira el 28 de noviembre por la tarde, para fastidiar al tirano ante el práctico, ocupé mi lugar habitual vestido con la ropa más chillona que tenía: pantalones tejanos cortados y camiseta azul desteñida y una tortuga multicolor impresa. El caudillo del Ruiseñada me fulminó con la mirada, pero no dijo nada.

   Tuvimos una cómoda travesía con la mar como un plato, nada de viento y mucho calor. Las tertulias resultaban menos alegres sin la presencia de la mujer de Javier, que había desembarcado.

    Al entrar en el Golfo de México pudimos gozar del espectáculo de la formación de una tromba marina: Vimos como se levantaba desde el mar una columna de agua que acabó uniéndose con la manga en forma de embudo que colgaba de una negra nube. Después la tromba se desplazó mientras variaba de inclinación y de grosor. Finalmente, se disolvió tal como se había formado. Todo transcurrió en unos escasos y fascinantes  20 minutos, a 2 o 3 millas de distancia.

    En los seis días de navegación hasta Veracruz, se atrasó la hora de abordo otro par de horas. Desde que habíamos zarpado de La Guaira, comía a las 11:30 con la guardia de mediodía, el segundo de puente y el segundo de máquinas. Cenaba a las 17:30 con el relevo de los dos primeros que están de guardia, el agregado y el tercero de máquinas. Así no desobedecía “la normativa sobre el uso obligatorio del uniforme en determinadas circunstancias” y además no ponía en evidencia al chief mate, puesto que el pasaje acudía a la cámara en el turno normal. De todas maneras, sospechábamos que uno de los tres camareros era un chivato pero, como no sabíamos cuál, la conversación era menos libre y espontánea que antes.

   El capitán seguía imponiendo nuevas restricciones e imposiciones que, poco a poco, minaban nuestra moral.

    Llegamos a Veracruz después del mediodía con un calor casi insoportable. Después de cenar salí a pasear con Jorge, Javier y José Luis. Al anochecer la temperatura descendía ligeramente y se podía respirar. La plaza mayor de la ciudad portuaria es muy bella y, sentados en una de las terrazas, bebíamos cerveza, escuchábamos las marimbas y hablábamos, como no, de mujeres, barcos y política.

    Durante el día la humedad, pegajosa y elevada, era paralizante. Tenía que revisar y engrasar los rodamientos de la antena del radar y sudaba a mares. La tarde siguiente volvimos a la bonita plaza con soportales. En todo el tiempo que permanecimos atracados, se desarrolló un intenso tráfico de botellas de Fundador del barco a tierra. El policía del portalón cobraba 1 botella por dejar pasar cuatro, pero parece ser que en tierra duplicaban o triplicaban el precio pagado por cada una y el soborno correspondiente.

    Zarpamos el tercer día, por la tarde, después que embarcara una pareja de pasajeros.

    Tras sólo 19 horas de navegación, el 7 de diciembre entramos en el puerto de Tampico, un lugar bastante feo que apenas recuerdo. Por la noche fuimos a lo que allí llamaban “la zona roja”, es decir el barrio de putas. Los bares eran sórdidos y ellas, poco agraciadas, así que nos dedicamos a beber tequila, hasta que comenzó una pelea entre marineros suecos y alemanes. La policía entró y acabó con la trifulca a culatazos. Después ya no recuerdo nada de lo sucedido hasta que fui consciente de subir a bordo a gatas y de que el mozo de guardia me ayudó a llegar a mi camarote.

    A la noche siguiente zarpamos con rumbo al istmo de Tehuantepec. A las 24 horas se moderó máquina para llegar frente a la desembocadura del río Coatzacoalcos al amanecer.

Foto de http://i856.photobucket.com/

 

    Poco antes de las 8 embarcó el práctico. A continuación cruzamos la barra entre dos escolleras, remontamos el río cosa de media milla y atracamos en un muelle del puerto fluvial. Enseguida se acercaron y abarloaron al costado de fuera varios cayucos cuyos tripulantes se ofrecieron a vendernos fruta y artesanías.

    Estuvimos 12 días embarcando la carga ─enormes troncos de madera tropical─, que llegaba a cuentagotas a bordo de camiones y vagones de ferrocarril. Como no sabíamos el tiempo que tardaría el embarque, aunque tenía  mucho tiempo libre no pude escaparme a Palenque (distante unos 310 kilómetros) como hubiera querido, pues necesitaba dos días por lo menos. El tiempo se hacía largo, pues en aquella época Coatzacoalcos no era gran cosa.  Aunque Coatzacoalcos en náhuatl signifique "lugar donde se esconde la serpiente", no vimos ninguna. La temperatura oscilaba entre 19 y 24 grados centígrados, la  humedad era considerable y llovió un par de días.

    Lo mejor era el mercado. En la planta baja estaban las diferentes paradas que ofrecían frutas, hortalizas, legumbres, carne, pescado, mariscos y todo tipo de alimentos. Comprábamos de medio a dos kilos de camarones, subíamos al primer piso y en uno de los numerosos puestos nos cocían o freían los crustáceos a cambio de consumir las bebidas y complementos. Íbamos muy a menudo y nos poníamos morados por un precio irrisorio. Un día probamos un guiso hecho a base de carne de armadillo que no estaba nada mal. El plato más famoso de la ciudad eran las taminillas: tamales de pescado muy sabrosos.

    Estuve en la playa de Las Barrillas, unos kilómetros al oeste de la ciudad. No era excepcional y el agua, aunque limpia, estaba muy turbia. En el chiringuito servían unos mejillones al ajillo excelentes. Una noche fuimos a la zona roja, pero como era aún más sórdida que la de Tampico, volvimos rápidamente a bordo.

    El día 22 de diciembre por fin, zarpamos al amanecer. El golfo estaba totalmente encalmado, el mar parecía aceite. Antes del anochecer pasamos a menos de dos millas de Cayo Arcos. Era muy bonito, como la imagen que uno tiene de las islas desiertas paradisiacas: Pequeña, más o menos redonda, mar azul turquesa, playa de arena casi blanca, verdes arbustos y algunos cocoteros.

    Los primeros días de navegación estaba sobrecargado de trabajo. Además de las tareas rutinarias y el tráfico de telegramas habitual tras zarpar del último puerto americano, al ser fechas navideñas, algunos tripulantes mandaban o recibían telegramas y el capitán me dio no menos de cuarenta para transmitir.

    Creo que ─casi 40 años después y habiendo fallecido el remitente─, puedo romper el secreto de comunicación y decir que más de la mitad iban dirigidos a conocidos jerarcas del régimen dictatorial, quienes en su mayoría contestaron (recuerdo a Solís Ruiz y López Rodó). Nuestro capitán, además de su reconocida competencia náutica y muchos años de experiencia, tenía buenos padrinos en el régimen.

    Como muchos barcos teníamos más tráfico del habitual, una vez conseguido turnoaunque éste no fuera muy atrás, había que esperar muchas horas.

    El día de Navidad la comida fue algo más abundante y el vino un poco mejor que el habitual. El jefe de máquinas nos obsequió con un platillo de jamón serrano que guardaba para la ocasión. El capitán regaló a los presentes con un discurso rancio y un habano. Yo seguía comiendo en el primer turno, así que me lo ahorré. Por la tarde entregué al capitán mi regalo navideño: la carta (con los obligatorios 15 días de antelación) solicitando mi desembarque en el primer puerto español al que entrara la nave. 

    La navegación prosiguió sin sobresaltos. Dejamos por babor el Arrecife Alacranes y, a través del Estrecho de Florida penetramos en el Atlántico utilizando la corriente del golfo para añadir unas cuantas millas extra en cada singladura. Continuamos paralelos a la costa de Florida hasta alcanzar Cabo Cañaveral y desde ahí seguimos una derrota ortodrómica hasta Santander. Al pasar de día frente al cabo, pudimos contemplar las gigantescas instalaciones de lanzamiento de naves espaciales de la NASA.

    A la inversa que en el viaje de ida, ahora íbamos adelantando el reloj según navegábamos hacia el este. Entró viento del oeste y la mar se levantó, pero la dirección nos favorecía.

    Desde que zarpamos de Coatzacoalcos, Miguel, el tercer maquinista, se unió a las tertulias de la radio donde ─además de hablar de mujeres, barcos y política─, planeábamos nuestro futuro inmediato. Excepto Javier, a quien le convenía más desembarcar en Vigo, el resto de nosotros íbamos a desembarcar en Santander, pues nadie estaba dispuesto a seguir soportando al tirano.

    La noche de fin de año, nos emborrachamos (por turnos) toda la cuadrilla. El primer día del año 1975 fue inolvidable. Desperté con una terrible cruda (resaca) y la mar gruesa que teníamos por la aleta contribuyó a aumentar mi malestar.

    Aunque normalmente los barcos que cubrían la línea España-Caribe-Golfo de México, hacían escala en Santa Cruz de Tenerife en el viaje de vuelta, en esta ocasión (debido al atraso en la carga de troncos), procedíamos directamente a Santander. Pasamos por el norte de las Bermudas y de las Azores, pero muy lejos. El cambio de destino perjudicó a algunos tripulantes que vendían sombreros mexicanos en Santander, Vigo y Lisboa… ¡comprados en Tenerife!

    Cada vez hacía más frío y el Cantábrico nos dio la bienvenida con un temporal del NW que nos meneó a conciencia. Los últimos días volví al horario normal de comidas, pero tuve la fortuna de que el capitán no acudiera a la cámara y el primer oficial no se diera por enterado.

    Llegamos al puerto castellano el 9 de enero a primera hora. Por la tarde me despedí de mis amigos y desembarqué. Ese mismo día o en los siguientes, desembarcamos un total de 16 tripulantes de la dotación de la motonave Ruiseñada.

 

    El dictador fascista, después de una larga agonía, murió el 20 de noviembre de 1975. En el mes de diciembre de 1976 se sometió la ley para la Reforma Política a referéndum. Los tripulantes del Ruiseñada pudieron votar en la Embajada de España en La Habana, puerto donde se encontraba atracado entonces el barco. Desconocemos si el capitán Larrañaga seguía en el cargo y no sabemos su voto, aunque podemos suponerlo, ya que esa ley refrendaba el entierro del franquismo…

En los talleres Vulcano del puerto de Barcelona

 

    En 1978 el buque se vendió a una naviera griega. En 1984 fue desguazado.

 

   Nota final: Este artículo se ha escrito transcurridos más de 39 años desde los acontecimientos narrados y, en parte, está basada en mis recuerdos, así que los otros personajes de la historia ─si la leen por casualidad─ sabrán disculparme si sus recuerdos difieren de los míos. Si algún lector conoce más datos del barco u otros detalles sobre la narración, por favor que envíe un comentario para modificar, ampliar o mejorar este artículo.

 

    Román Sánchez Morata. 21 de diciembre de 2013

 

    * Muy amablemente Tholas Santos (el 09-10-2014), embarcado como agregado en el Begoña, entre junio de 1969 y enero de 1970, aporta la siguiente anécdota:

   Estuve en el Begoña de agregado con el mismo capitán, que por entonces se hacía llamar De Larrañaga y Bilbao. Allí eramos muchos de puente y sólo coincidiamos con él en las maniobras de atraque y salida. Por bailar más de tres veces seguidas con la misma pasajera, me arrestó 10 días en mi camarote (sin poder salir del mismo, excepto para ir al baño, acompañado siempre por el encargado de que no me saltara el castigo). Ya en aquella época estaba conchabado con el mayordomo para "todo" lo que podáis imaginar... Como es lógico, acabé pidiendo la cuenta.

 

63 días a bordo de la motonave "Pilar Urizar"

"SAC Barcelona", el último vapor español

 

Fuentes:

Propias

http://delamarylosbarcos.wordpress.com

http://www.buques.org

http://www.blogseitb.com

http://hadebarcos.blogspot.mx

http://es.wikipedia.org

http://www.mgar.net

http://adrizando.blogspot.mx/

http://www.andimar.spanishspotters.com