Un cuento de pájaros

07.02.2016 11:02

 

Esta historia totalmente verídica ocurrió hace más de diez años, un día gris de otoño en el arroyo Ballenas, cruzando el río Luján frente al puerto de San Fernando, en Argentina, cuando había llevado a dar un paseo a unos primos venidos desde España, que querían conocer el Delta del Paraná a toda costa, pero también se anotaron mi madre, mi mujer y no sé quién más, así que el raid no daba para ir ni hasta la esquina en busca de aventuras.

Arroyo Ballenas (Delta del Río Paraná)

 

El arroyo es muy protegido, así que estábamos ahí anclados, solos, porque amenazaba lluvia y no navegaba nadie, pero disfrutando de una comida liviana y unas copitas de vino, cuando apareció una pareja de pajaritos de plumaje negro con el cuello blanco y la cabeza roja, muy inquietos, que se pusieron a recorrer prolijamente los rieles de la botavara y el mástil, la vela enrollada, las crucetas, drizas y motones, supongo que picando las arañitas u otros insectos que viajan sin pagar, ya que siempre hay más que suficientes, seguramente.

 

Los españoles comenzaron a sacar fotos encantados del asunto, dejando de lado el apetito y el copetín, y yo lo contrario. Al rato y sin que concluyera la escena anterior, aparecen unos patos; eran tres o cuatro y todos de distintos colores, que miraban como diciendo "estamos por morir de hambre", así que hubo que darles galletitas, y los de la madre patria estaban más contentos aún. Como si eso fuera poco, un momento después vino nadando desde la isla una especie de gallineta, de plumaje completamente negro con el pico naranja, que tomaba los trozos de las  galletas con el pico y de a uno por vez los llevaba hasta la orilla, donde los comía con todo cuidado y después volvía por más, muy educada y prevenidamente.

 

Los visitantes deliraban, fotografiando y filmando a más no poder, totalmente olvidado el apetito, cuando desde la laguna del Club Náutico (enfrente) llegaron apurados dos cisnes plumosos, blanco nieve, pechando agua como barcazas, y fue la apoteosis porque ninguna de las aves que estaban en el agua quería irse, pero estos grandotes les aplicaban el físico, atropellando. Así que todos los invitados a bordo terminaron distribuidos estratégicamente a lo largo del barco, para darle de comer a semejante variedad de bichos emplumados y que no se peleen entre sí, con excepción de los pajaritos de cabeza colorada que se las arreglaban solos sin espantarse con los movimientos, limpiando a conciencia la arboladura.

Arboladura del velero “Sirena”

 

Como todo tiene un límite en esta vida, después de casi dos horas las galletitas se terminaron y los plumíferos se fueron cada uno por su lado, pero nuestros venidos desde Europa se quedaron enloquecidos porque parece que allí es muy difícil poder ver una situación así, y nos felicitaron por la manera en que se protege a la naturaleza en Argentina... (Eeeemmm ¡¡¡¿...?!!!)

 

Creo que la escena sólo se debió a que esas aves estaban muy acostumbradas a la presencia humana en ese lugar, por lo general muy concurrido; sin duda, adentrándose entre las islas ha de haber mucha más variedad, pero será más difícil que se muestren tan cerca, por una cuestión de desconfianza, justificada. Yo diría que sólo es cuestión de tiempo para que desaparezca el entorno natural, y los humanos nos vayamos junto con él (lo sé: es una visión pesimista), aunque falte bastante. Estoy seguro que la Naturaleza no necesita que la protejamos, se sabe cuidar sola; lo que nos pide es que no la sigamos arrasando.

 

Pero los españoles habían sacado como quinientas fotos y filmado las escenas con sus gigantescas cámaras electrónicas. Así que por las dudas, preferí no decir nada y ser dueño de mi silencio. ¿Qué más podría argumentar?

 

FIN

Francisco Javier Martín