CUATRO TORMENTAS FLUVIALES

05.01.2018 19:38

 

Desde que tengo barco he experimentado algunos vientos que nos han sacudido en forma interesante, pero el barco siempre se comportó bien dando sensación de seguridad. El “Sirena”, tal vez debido a su peso, a la potencia de su viejo motor y al tamaño del timón, es un barco ‘seguro’, con estabilidad, capacidad de afrontar la situación y buen gobierno, cosas que no sobran por estas tierras…

Como soy navegante de río, porque el mar queda lejos y mi barco no da para eso, estas experiencias han ocurrido en el río Paraná, en los muchos brazos de su delta, en el río Uruguay, en alguno de sus afluentes y hasta atracado en Carmelo (puerto fluvial en la desembocadura del Arroyo de las Vacas al Río de la Plata), donde un ‘sifonazo’ cortó las amarras ―afortunadamente también estaba anclado―. Pero en esos ríos, que siendo tan grandes se pueden volver tan pequeños, sufrí cuatro tormentas que nunca olvidaré. En todas pudo haber sido peor, siempre puede ser peor, pero en estos episodios, afortunadamente, fue mejor. No son como los relatos de tormentas de Joseph Conrad, pero si a alguien le caben dudas sobre la pertinencia, lo desafío amistosamente a acompañarme en una placentera navegación de crucero.

 

Colón, río Uruguay.

Esto pasó luego de entrar a Gualeguaychú y Concepción del Uruguay, para reparar un acople del fuera de borda auxiliar. Colón queda sólo cuarenta kilómetros más arriba y el río no corre mucho, salvo bajo el puente internacional.

Foto de https://i.ytimg.com 

 

La pequeña bahía de Colón era un enjambre de barcos y hasta en el viejo muelle de madera, a punto de caerse, había dos visitantes amarrados.

Así que recorrí la costa hasta fondear frente a una playa con carteles de “Prohibido bañarse”, cerca de una toma de agua, un poco abajo del puerto. Era profundo, pero no reclamaba tanta cadena para anclar. Allí quedé esa noche y el día siguiente, para descansar de esa larga navegación aprovechando que estaba nublado, después de los cuarenta y dos grados que tocó el termómetro en Concepción del Uruguay.

A última hora me apronté para zarpar al siguiente día. Ya de noche, mientras me preparaba para cocinar una buena cena de celebración, comenzó a soplar un viento firme. No era grave, sabiendo que empujado por las rachas remontaría la corriente hasta el límite de la cadena y ahí quedaría con la corriente empujando la quilla. No calculé que el viento seguiría aumentando, viniendo sin obstáculos desde el sur para levantar rápidamente un oleaje corto, que comenzó a sacudirme con ganas.

Contrariado por no poder cocinar, comí unas galletas, cerré todo y me acosté a dormir. El viento siguió aumentando y el barco retenido al extremo de la cadena, aguas arriba, del ancla, se atravesaba al oleaje y rolaba ampliamente. Cuando las rachas aflojaban, el casco se presentaba a la corriente con tirones de cadena popa al viento, y al arreciar el temporal daba el costado a las olas con rolidos tan fuertes que dejé la cucheta y me acosté en el piso, para poner algún peso más abajo.

Pasaron alrededor de dos horas, en que mi peor pensamiento fue el temor a que aumentara el temporal (y sus consecuencias) y qué haría en tal caso. Cuánto mejor estaría si en vez de ignorar el barómetro, hubiera ido detrás de la isla San Francisco, protegida del viento sur. Por suerte, el viento fue amainando hasta calmar y volví a la cucheta para dormir plácidamente, sin siquiera salir de la cabina. A la mañana siguiente cuando levé la vieja ancla almirantazgo, ví que el cepo estaba arqueado, indicando la fuerza que había hecho sobre un fondo duro, posiblemente piedra o canto rodado, y así quedó hasta ahora, como caída de hombros.

 

Boca del río Gualeguay, sobre el Paraná Pavón.

Este era un viaje con el que soñaba ya antes de tener barco, porque me intrigaba que hubiera lugares casi deshabitados entre Buenos Aires y Rosario, sin cartas de navegación más que hasta el puerto de Ibicuí, y después continuar sólo con la sonda, como antes. Aquel verano el río estaba crecido y corría mucho, por supuesto en contra, con lo que el avance era tan lento que ocho horas después de pasar ese puerto, decidí anclar y al día siguiente volvería aguas abajo.

Por la mañana, mientras desayunaba, veo pasar por la otra costa un barco arenero que avanzaba decidido.

Foto de https://www.welcomeargentina.com

 

Me pregunté si sabría a dónde iba (respuesta obvia) y opté por seguirlo, así que rápidamente apronté el motor, levé el ancla y zarpé tras él, aunque estaba lejos. Después de una o dos curvas no lo ví más, pero mientras no lo encontrara sabía que podía seguir, y al mediodía lo alcance sacando arena. A esa altura decidí continuar, a ver qué pasaba.

La idea original era recorrer el Paraná Pavón hasta Villa Constitución, pero a la tarde pasé la boca del Gualeguay y luego el río estaba desbordado: Parecía mar. Sin árboles indicando las orillas y como no uso GPS, había riesgo de navegar por el campo y varar o enredar un alambre. Así que antes de la siguiente curva, viré en redondo y anclé en un lugar que con nivel normal posiblemente sería un juncal.

Allí me quedé el día siguiente, sofocado de calor y con los tábanos molestando todo el tiempo, aunque su caza es un buen entretenimiento porque esquivan el manotazo y vuelven al mismo lugar, con lo que sólo hace falta mejorar la técnica y esperar. A la noche, la oscuridad y soledad eran tan grandes, sin una luz en todo el horizonte, que cuando puse en marcha el grupo electrógeno encendí todas las lámparas, tratando, creo, de hacerme compañía a mí mismo.

El tercer día hizo más calor y al norte unas nubes algodonosas indicaban tormenta. Por la tarde se nubló y al anochecer comenzó a soplar viento. Guardé todo lo que podía volar y envolví la cabina con la carpa para mejorar su estanqueidad. Casi de noche, la naturaleza se soltó con un temporal espantoso, con rayos que caían continuamente sobre las islas. Era un nortazo con poca lluvia que parecía arena, soplando en la misma dirección que corría el río, y en quince minutos levantó un oleaje que parecía el Río de la Plata. Antes había filado toda la cadena y el cabo del fondeo, para que el cabeceo no llegue al ancla, pero estaba tenso como una barra de acero.

Me quedé al pie del palo, escuchando el ruido del viento en los obenques, viendo los rayos que impactaban alrededor iluminando el paisaje en blanco y negro. Estaba convencido que uno me caería en cualquier momento, así que mejor que fuera rápido y definitivo, pero creo que me salvó el agua del río, peor conductora eléctrica que la de mar. Mejores conductores eran los montes arraigados en las islas, y un rayo cayó tan cerca que la explosión no dió tiempo ni de apretar los dientes.

El barco cabeceaba, casi sumergía la proa y volvía a emerger. En un momento quise filar el cabo del ancla para disminuír la tensión, pero una ola invadió la cubierta y lo dejé para volver al pie del palo, donde acariciaba una figurita de bronce que se portaba bien, si acaso tenía algo que ver. A popa, el extremo de la lona que cubría la cabina flameaba con el viento que se colaba por algún lado, pese a estar sujeta con varias vueltas de cabo, mientras la bandera parecía una lámina de chapa.

La mayor preocupación pasó de ser los rayos que continuamente caían en las islas, a que el cabeceo y la tensión cortaran el cabo del ancla. Aguas abajo, el río hacía una curva cerrada y si quedaba al garete con semejante viento, esa distancia la cubriría en menos de diez minutos, con poca posibilidad de poner en marcha el motor en medio del oleaje y la oscuridad. Por suerte, nada ocurrió y un momento después fue como si se hubiera cortado la energía, sobreviniendo una sospechosa calma, aunque con un mar de fondo considerable.

Al desaparecer el viento, apareció una nube, pero de mosquitos. Supongo que la agitación del agua en los pantanos inundados liberó una cantidad de larvas muy superior a lo normal, tendiendo a infinito, y se metían en los ojos, nariz, boca y oídos, sin respetar repelente ni nada. Me refugié en la cabina, cerré y encendí una espiral y luego otra más. Cené algo de una lata y me acosté a dormir. En un momento de la madrugada desperté con un dolor de cabeza espantoso, y cuando encendí la linterna era imposible entender dónde estaba.

La cabina cerrada estaba llena de humo, al punto que no veía la cucheta de enfrente. Completamente mareado, alcancé a abrir el tambucho para aspirar aire puro y ventilar ese ahumadero. Después de superar semejante tormenta, casi caigo asfixiado o intoxicado… Pero eso sí, se fueron los mosquitos.

 

Isla Vizcaíno, río Paraná Guazú.

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Esta tormenta no fue peligrosa, al menos no en condiciones ordinarias, dentro de lo normales que pueden ser las tormentas… Ese verano tenía unos cuantos días libres y me propuse recorrer el Delta por todos los lugares que siempre habían llamado mi atención viendo la carta, pero a los que sólo se puede llegar navegando sin plazos.

Luego de remontar el Paraná de Las Palmas y pasar dos noches en el río Baradero, incluyendo una sorprendente invasión de grillos (dicen que traen suerte ¿?), crucé por la Zanja Mercadal hasta el Paraná Guazú y rodeando la Isla Vizcaíno (no confundir con Isla del Vizcaino, Uruguay), anclé en el riacho que está del lado entrerriano. Un buen lugar, con profundidad media, donde lo único malo era la pasada de alguna chata palera cortando camino de Villa Paranacito a San Pedro –una flota de amigos del vino que no me simpatizan-, pero providencialmente subían por la otra orilla.

Por la tarde se nubló mientras bajaba la presión en el barómetro, y cuando parecía que iba a llover, apareció un nortazo que sopló fuerte durante una hora. No fue nada grave (los grillos?), pero cuando terminó el cielo no quedó limpio, augurando que el asunto podía seguir. Dejé puesta la toldilla ya que la atmósfera estaba tranquila, pero Murphy es inexorable y a la madrugada comenzó la lluvia con viento fuerte. Eso me obligó a salir para enrollar la lona, que se sacudía peligrosamente.

Siguió lloviendo, pero al amanecer calmó el viento y volví a poner la toldilla, que como abarca desde el palo hasta popa, es una buena cobertura. Al clarear llovía más fuerte, pero la protección estaba bien, aunque luego se convirtió en diluvio, por suerte sin viento (los grillos?). La precipitación era tan cerrada que perdí de vista la orilla de enfrente y pronto dejé de ver los árboles de la ribera cercana, a no más de dos esloras. El ruido a catarata en el río aturdía y la lona en vez de chorrear formaba cascadas tan gruesas que impactaban fuera del barco y no en las bandas.

No había truenos ni relámpagos, sólo agua a raudales que apenas permitía ver la proa. Mas allá era una pared gris todo alrededor, como una cúpula de plomo. Sentí aprehensión, no diría miedo, por la ausencia de peligro, pero ese diluvio sin viento ni truenos me recordaba un episodio de suspenso en “Alfred Hitchcock Presenta”, una serie de televisión del siglo pasado. Me quedé quieto, esperando: Tarde o temprano dejaría de caer tan espantosa cantidad de agua… ¿O tal vez no?

Finalmente, como a las nueve de la mañana, comenzaron a verse las siluetas de los árboles, luego la costa cercana, después la de enfrente y finalmente todo el paisaje, gris pero completo. La tormenta había pasado sin mayores consecuencias. ¿Gracias a los grillos?

 

Nueva Palmira, río Uruguay.

Estando en Villa Soriano, en el río Negro, se anunciaban tormentas fuertes para dos días después, así que decidí zarpar esa tarde y fondear antes de salir al río Uruguay. Partiendo temprano al día siguiente, llegaría a Nueva Palmira cómodamente, puerto donde no entraba desde hacía muchos años. Todo bien y sin viento, al amanecer zarpé a motor para bajar el río, que en esa parte ronda los diez kilómetros de ancho.

No obstante, se nubló y a media mañana el cielo estaba totalmente cubierto. A poco y por razones ignotas, el motor comenzó a calentar y se detuvo. Puse en marcha el auxiliar y continué, pensando en el pronóstico adverso de los días siguientes. Al mediodía comenzó a soplar viento del este, con tal fuerza que me abatía sobre los bancos, obligando a virar en redondo dos veces para ganar barlovento.

Después de la boca del río San Salvador, busqué refugio en Puerto Aldao (donde sólo hay ruinas), pero como se hacía tarde y el cielo no anunciaba nada bueno, decidí seguir. Próximo a Punta del Arenal, el viento rotó al sudeste más fuerte y como mi rumbo era sur, cada vez que dejaba de presentarle la proa me abatía al oeste, sin poder recuperarlo si no viraba en redondo. Comenzó a llover, pero pasé Agraciada y cerca de Punta Chaparro, empeoró. A las cinco de la tarde anclé al socaire del promontorio, garreando varias veces posiblemente en arena gruesa.

Imagen de https://www.google.com.mx

 

El mal pronóstico se adelantó y lo que sería un paseo, se volvió tormenta de proporciones, con mucha lluvia y el viento llevándome al canal. Debí fondear con dos anclas y que sople a discreción, pero quedaban ocho kilómetros y estaba cansado. A las seis zarpé antes que empeore, para cruzar la rada con luz. Radié a “Control Palmira” y enfilé la angostura entre las puntas Chaparro y Carbón ceñido a la costa, pero al exponerme a la sudestada no avanzaba. Ese tramo insumió más de una hora y al frente estaban fondeados dos convoyes de empuje, cargados de contenedores.

El motor fuera de borda casi no podía contra el viento, que me abatía al oeste cada vez que presentaba la amura para corregir el rumbo. La idea era barloventear protegido por la costa, pero temía ser abatido contra las barcazas, algo nefasto con ese oleaje. Fuí a sotavento por el eje del río, recibiendo de lleno viento y olas, con tal fuerza que quedaba detenido y caía a estribor, ya que el motor está a babor. Pasar las barcazas me llevó otra hora, mientras el temporal arreciaba.

Lidiando contra viento y lluvia, al caer un rayo vi un árbol que emergía del agua. Estaba fuera del canal sobre la costa oeste, baja y con bancos de arena. Derivé para tener velocidad y gobierno, convencido de que ahí me quedaba, pero volví a virar por popa para salir de los bancos hacia el canal. La maniobra salió bien en cuanto a ganar barlovento y agua, pero el abatimiento me dejó nuevamente al través de los convoyes, o sea iniciando otra vez el cruce de la rada.

Una vez alejado de las barcazas, fuí todo lo posible a la costa oriental, con el peligro de la playa, pero el puerto estaba justo donde venía el viento, y cuando me acercaba al rumbo el barco quedaba con la hélice cavitando y caía a estribor, debiendo repetir la virada en redondo. En ese ir y venir por el río, cayó un diluvio tan cerrado que tapó las luces de referencia, incluso los reflectores del puerto comercial, así que me orienté con el oleaje que venía de donde yo iba. Mirar el compás era inútil, porque debía distraerme y en un segundo caía a la banda y tenía que dar otra vuelta más.

Pensé que se habría cortado la electricidad en el puerto y por eso no veía las luces. En un momento cayó un rayo espeluznante y miré atrás por si me estuviera yendo hacia las chatas. No las ví y preferí creer que avanzaba, mientras de reojo miraba la costa oeste. Un momento después amainó la cortina de agua y aparecieron las luces del puerto, cuando se me ocurrió mover el tanque portátil para ver cuánta nafta quedaba, y noté espantado que estaba vacío. Lo incliné a un extremo, apreté la caña del timón y puse proa a la costa uruguaya, para anclar si me quedaba sin máquina.

Eso era peligroso y alumbraba la sonda con la linterna, sin distraerme para no dar ni una vuelta más, ni abordar un casco a flor de agua frente al viejo muelle de madera. El viento aflojó un poco y pude arrumbar a las balizas del puerto deportivo, que veía a lo lejos, así que era cuestión de tiempo y apretar los dientes, por si no alcanzaba la nafta (tenía en bidones, pero sin preparar la mezcla). Al enfilar la dársena deportiva y dar el costado al viento, todavía quería sacarme de rumbo, pero a esa altura tenía un ejercicio total y entraría aunque fuera remando.

A las once de la noche pude amarrar en aguas tranquilas, luego de cinco horas para hacer ocho kilómetros desde Punta Chaparro, o sea que avancé a un promedio menor de un nudo. Al revisar el tanque de nafta del fuera de borda vi que estaba seco. No sé cómo no naufragué en los bancos de la costa argentina llevado por el viento. Al día siguiente, mientras se secaba y ventilaba el barco, probé el motor interno y arrancó sin problemas; lo dejé cuarenta minutos en marcha y funcionó bien.

Nunca voy a saber qué le pasó, tal vez una obstrucción en el circuito de agua, pero ya había tenido conatos de calor en el viaje de ida. Otra posibilidad es que arriba, muy arriba, “alguien” estaba con ganas de divertirse y decidió probar, a ver qué pasaba…

Francisco Javier Martín. Diciembre 2017

Representación parcial del Delta del Paraná      Imagen de https://3.bp.blogspot.com

 

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