El momento político en Catalunya (IX)

14.04.2019 14:22

 

Tras más de un año de silencio y cuando la situación política en Catalunya sigue siendo un galimatías, me aventuro a dar mi opinión sobre la situación actual y, me atrevo a conjeturar su futuro.

 

Quizás debido a mi edad, sin la ayuda de las omniscientes Google y Wikipedia, me resulta imposible recordar con precisión todos los sucesos políticos transcendentes ocurridos desde la aparición de mi última colaboración en este espacio (10-07-2017), pero ciertos acontecimientos no pueden borrarse de la memoria: la celebración de la consulta popular sobre la independencia de Catalunya convocada por el penúltimo presidente del gobierno catalán -Carles Puigdemont-, la posterior intervención del gobierno autonómico por el estatal, la persecución judicial del gobierno catalán y de algún destacado líder de movimientos sociales catalanes (y el ingreso en prisión de los miembros del mismo que optaron por marchar de España y refugiarse en Bélgica o Escocia), y la convocatoria de elecciones autonómicas en Catalunya por parte del gobierno español.

 

El Tribunal Constitucional español prohibió la consulta sobre la independencia de Catalunya -convocada el 1 de octubre de 2.017-, lo que supuso un rotundo fracaso del gobierno español, que anteriormente se había jactado de que no se iba a celebrar: "porque no habrían ni urnas ni colas ante los colegios electorales" y que desplazó a Catalunya a casi diez mil agentes de policía y de la Guardia Civil. Hubo urnas (ese ingente contingente policial, más el establecido en Catalunya, fue incapaz de encontrar una sola urna antes de que se celebrara la consulta. Votaron más de dos millones de personas, tras soportar largas colas, y los efectivos policiales quedaron desprestigiados, -tanto en Catalunya como fuera de España-, por la violencia ejercida el primero de octubre para  impedir la efectividad de la consulta, sin éxito. El resultado quizás fuera lo de menos, porque, tal se habían puesto las cosas políticas y policiales, el simple hecho de que alguien pudiera llegar a introducir públicamente una papeleta en una urna instalada en un colegio electoral, ya era un éxito. Este triunfo fue extraordinario porque, a pesar de las prohibiciones y violentos intentos policiales para evitarlo, llegó a ejercitar el derecho a voto casi la mitad del censo electoral, haciéndolo de forma mayoritaria en pro del deseo de la independencia de Catalunya.

 

El gobierno catalán fue suspendido y, desde el español, se ejercieron las funciones que le eran propias. Se bloquearon muchas iniciativas y se tomaron otras totalmente contrarias a las que hubiera tomado el gobierno formado por quien había ganado las anteriores elecciones, no sólo relacionadas con lo que más interesaba a la mayoría de los catalanes (el si o no a la independencia), sino también con cuestiones sociales. El "nuevo gobierno" llegó a suscribir vergonzosos acuerdos con algunas entidades en materia educativa.

 

Se celebraron las elecciones convocadas desde Madrid y, aunque el partido que obtuvo más votos y representación parlamentaria era el más contrario a la independencia catalana, pudieron formar gobierno los partidos que sí lo son, no obstante ser evidente su falta de cohesión. La oposición al gobierno surgido después de las elecciones por los representantes políticos de los partidos adversos fue (y sigue siendo) áspera y desagradable, judicializando vía querellas y recursos ante el Tribunal Constitucional todos los acuerdos adoptados en la sede parlamentaria.

 

Mientras esto ocurría en Catalunya, el gobierno ultraconservador español del Partido Popular sólo estaba pendiente de controlar que no se salieran con la suya los independentistas catalanes, con lo que el bloqueo político en clave estatal era igualmente manifiesto. Ello originó que la izquierda española se planteara una moción de censura al presidente del gobierno. Sorprendentemente ésta moción, con el concurso de los representantes independentistas catalanes en el Parlamento español, prosperó.

 

El cambio político operado a nivel estatal apaciguó en un principio al catalanismo político catalán, en la creencia de que podían esperar mejoras en el tratamiento del deseo de autodeterminación. Los partidos independentistas, al ver que no era así, retiraron el apoyo casi incondicional brindado al nuevo presidente de gobierno español. Cuando empezó el juicio oral -en el cual aparecen como acusados los antedichos miembros del gobierno catalán que no se exiliaron y los dos más destacados líderes sociales del movimiento independentista-, el presidente del gobierno español se vió obligado a convocar elecciones anticipadas a las cámaras legislativas estatales. 

 

Cómo se plasmará el pensamiento político actual catalán y español es una incógnita. En España, el auge de la extrema derecha  se manifiesta en el exacerbado orgullo español intolerante respecto a quienes siendo titulares de pasaporte español no se identifican como tales y prefieren hacerlo como catalanes. Ésto puede suponer la mayoría parlamentaria de los partidos intransigentes con cualquier pretensión que desde Catalunya suponga el más mínimo deseo de evidenciar el notorio hecho diferencial catalán y, más aún, el deseo de someter al dictamen de las urnas qué quieren ser los catalanes desde la óptica nacional.

 

Actualmente la palabra que mejor define la situación política catalana -contemplada en un marco no desvinculado de España- es "división" y aunque en principio la sociedad no es monolítica en lo que a ideas (también políticas) se refiere, esa división está tan acentuada que nada bueno puede esperarse a nivel político en un futuro próximo en Catalunya. Me temo que tendré seguir terminando mis escritos en este espacio aludiendo a lo ignoto e imprevisible del futuro.

 

Josep Niubò i Claveria

14 de abril de 2.019